En las montañas de Intibucá, la autonomía se expresa mediante rostros diversos de mujeres lencas. A través de la Asociación de Mujeres Intibucanas Renovadas (AMIR), han convertido la propiedad colectiva de la tierra en espacios de autonomía, sostenibilidad y fortalecimiento, donde cada cosecha es también un acto de participación política. Más que alimentos, estas mujeres cultivan dignidad y bienestar, demostrando que cuando las voces intibucanas se organizan, el tejido de toda la comunidad se fortalece y el futuro se vuelve, propio.
Fundada en 1980 en el municipio de Intibucá, Departamento de Intibucá, Honduras, AMIR nació en un contexto donde a las mujeres no se les permitía participar en la toma de decisiones (ni familiares, ni comunitarias); tampoco tenían acceso a la educación formal y la titulación de la tierra era eminentemente masculina. Estas exclusiones impulsaron a un grupo de mujeres de las comunidades más remotas a organizarse y sumar aliadas para enfrentar juntas esa realidad.
Durante 26 años, trabajaron incansablemente sin financiamiento externo, sosteniéndose únicamente con su persistencia, sus propios aportes y una visión inquebrantable. En 2002, enfrentaron uno de sus mayores retos: un intento de desintegración por parte de líderes locales que las acusaban de “querer quitarles el poder a los hombres”.
Pero en lugar de disolverse, se renovaron. Esta capacidad de resistir no nació de la técnica, sino de un vínculo profundo entre compañeras. Como bien recuerda Mercedes García, que ha sido socia de AMIR por más de 25 años y desde el 2007 administradora de proyectos: “Encontramos en las otras mujeres una amiga que nos ayuda a avanzar; juntas podemos superar los obstáculos que enfrentamos día a día. Eso es lo que nos ha hecho ser fuertes”.
Hoy están consolidadas como una red organizada de 650 mujeres en 25 comunidades, con una estructura tan transparente que cada centavo aprobado por sus donantes se socializa en asambleas abiertas con sus 32 grupos bases.
Para Mercedes, el éxito de AMIR no radica solo en la producción, sino en una arquitectura de comunicación diseñada para la eficiencia y la transparencia. Con 650 mujeres distribuidas en 32 grupos de base, la clave ha sido un sistema de gobernanza en doble vía: una junta directiva general se coordina con las juntas directivas de cada grupo, apoyadas por promotoras y jóvenes voluntarias. Esta estructura asegura que la información fluya sin obstáculos desde la asociación hacia las bases y viceversa, utilizando herramientas digitales como WhatsApp para agilizar el contacto diario.
La autonomía es el pilar que permite que cada grupo florezca bajo sus propios términos. AMIR no impone actividades económicas; en su lugar, fomenta que se organicen según sus necesidades, estableciendo únicamente un mínimo de participación de 10 mujeres para mantener la cohesión. Como destaca Mercedes sobre la rendición de cuentas: “En estos encuentros compartimos los informes… presupuesto, gastos y luego, ellas dan informe de lo que están haciendo… Esto contribuye a la transparencia”.
Este modelo de gestión asegura que cada grupo, sin importar qué tan remota sea su comunidad, sepa exactamente cómo se utilizan los recursos y qué impacto están generando sus compañeras. Al final del día, la red se nutre de la confianza mutua y de una asamblea anual donde los reportes técnicos y financieros consolidan la soberanía de la organización. Es, en esencia, una estructura horizontal donde la información es el nutriente que permite el liderazgo colectivo.
Este empoderamiento ha roto ciclos históricos de exclusión, como señala Olga Pérez, directora ejecutiva: “Antes la prioridad eran los varones; decían que a las mujeres las preparaban para atender a la familia. Hoy, con los procesos de formación, las mujeres hemos aprendido que sí podemos ocupar cargos”.
Históricamente, la propiedad de la tierra ha sido un terreno negado para las mujeres debido a estructuras culturales patriarcales que priorizan la herencia masculina. Esta falta de autonomía no solo limitaba su patrimonio, sino que saboteaba sus esfuerzos de conservación: muchas veían cómo sus esposos destruían meses de recuperación agroecológica para imponer monocultivos químicos como la papa.
Ante esta realidad, surgen las parcelas colectivas como una estrategia de resistencia y propiedad comunitaria. Como explica Mercedes: “Empezamos a ver la necesidad de tener algo que fuera exclusivamente de las mujeres… que sea propiamente de la organización”, permitiéndoles finalmente decidir qué sembrar y cómo cuidar su entorno sin interferencias externas.
La estrategia de estas mujeres no se detiene en la siembra; han logrado integrar toda la cadena de valor mediante un ecosistema productivo que incluye la apicultura y la marca propia Siguatas Lencas. Al procesar productos como la miel y el frijol, las mujeres dejan de ser víctimas de los precios impuestos por el mercado de materias primas. Mercedes destaca la importancia de este control: “Con un producto procesado nosotras sí tenemos control en el precio… eso nos permite generar mayor utilidad y que las mujeres puedan tener ese precio justo”. Así, lo que comenzó como un espacio para cultivar, se ha transformado en un laboratorio de productos con identidad legal y comercial propia.
La reciente incursión en la apicultura a más de 1,700 metros de altura no es solo una decisión económica, sino una conexión profunda con la cosmovisión indígena y la defensa del territorio. Carmen Paguada (equipo técnico) señala que este rubro ha servido como un escudo contra los agroquímicos, ya que para proteger a las abejas es vital eliminar los venenos de los cultivos.
Este nuevo camino “se conecta con la cosmovisión de las mujeres porque se reforestan zonas de recarga y fuentes de agua… sienten que es un rubro en el que están aplicando sus conocimientos ancestrales”. Es una agricultura que respeta la vida y restaura el equilibrio natural.
El proyecto de apicultura trasciende lo material para convertirse en un símbolo de estructura social. AMIR ve en la colmena un espejo de su propia lucha por la unidad. La labor de cada mujer se entrelaza con la de las demás, creando una red de apoyo tan sólida como un panal. En palabras de Mercedes, el mensaje más valioso es el que proviene de sus nuevas aliadas polinizadoras: “El mensaje que viene de las abejas es también la unidad, la parte organizativa… cada quien hace su trabajo y al final dan un producto. Desde ahí nosotras lo estamos viendo como algo que es lo nuestro”.
Frente al cambio climático y la presión de los monocultivos, AMIR centró su estrategia en 2025 en blindar la producción y la integridad de sus socias. Con el respaldo del FCAM, la organización priorizó dos ejes que suelen ser ignorados por la cooperación tradicional, pero que son vitales para la resistencia en el territorio:
1. El autocuidado como estrategia política
Entendiendo que “no hay sostenibilidad sin bienestar”, AMIR integró terapias de sanación y medicina ancestral para abordar el agotamiento físico y los traumas de violencia. Los resultados transformaron la base de la organización: mujeres que se sentían emocionalmente desconectadas hoy lideran sus comunidades con renovada fuerza. Como relata Miriam García socia de AMIR: “Yo era zombie… solo era el cuerpo presente porque el espíritu no sé ni dónde estaba”. Para AMIR, sanar colectivamente es la garantía para que el liderazgo de las mujeres perdure.
2. Innovación frente a la crisis climática
Para combatir la precariedad impuesta por el mercado y el clima, se dotó a algunos de los grupos con infraestructura clave:
Es una defensa basada en la realidad del territorio, pues como afirma Carmen: “En esta zona tenemos condiciones muy atípicas, donde la semilla criolla sí o sí es la que sobrevive… las semillas que vienen de afuera acá no producen”. Bajo esa misma lógica de adaptabilidad, AMIR ha sobrevivido donde otros modelos fallan.
Esta combinación de tecnología climática y sanación emocional permitió que en 2025 AMIR no solo protegiera sus cultivos, sino que fortaleciera el tejido humano que sostiene toda la estructura organizativa.
Al celebrar 46 años, AMIR demuestra que su modelo es tan resistente como el territorio que habitan. Han transformado el miedo en participación ciudadana y el agotamiento en sanación colectiva. Su mayor legado no son solo los silos llenos o la miel procesada, sino la convicción de que la identidad cultural es su mayor ventaja competitiva.
Mercedes lo tiene claro: “Hemos insistido en ver lo negativo como una oportunidad para rescatar nuestros saberes y demostrarle al mundo que nuestra identidad no es una limitante, sino la garantía de la calidad con la que hacemos lo nuestro”. En las montañas de Intibucá, el futuro ya no es algo que se espera, es algo que se siembra colectivamente.







